martes, 4 de septiembre de 2012

Génesis (I)


    Las horas apenas se movían. Entonces miré el humo arremolinándose al tocar el techo, vi más allá y abrí los ojos cerrándolos mientras se abrían. Y así, casi sin quererlo, llegué al principio, cuando Dios todavía era un niño. Puedo suponer que Él no sonreía. ¿Qué caso tiene sonreír sin nadie que sonría a nuestra sonrisa? Puedo suponer que, ya cansado de tanta soledad, gritó tan fuerte que la nada supo que existía. Así la noche decidió ser noche y el día día. Miró hacia arriba para que sea el cielo. Dio un paso para que la tierra sea bienvenida. Pero el polvo sólo era polvo y eso dolía. Entonces lloró porque no entendía, y las lágrimas derramadas impregnaron el polvo. Y así nacieron el barro y la primera sonrisa.

     Rubén Ochoa

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