martes, 25 de septiembre de 2012

Un cadáver muerto de frío

De lo poco que queda rescato las cenizas. Porque las cenizas son invierno, y el invierno siempre se queda.
Cenizas que son paisajes grises llenos de risas en forma de eco, un eco frío llamado invierno.
Sé de mis ramas secas y mis tormentas, pero poco sé del calor del fuego, tal vez porque no se queda.
Y mientras se marcha me lleva, y es mi alma desnuda quien se queda, fría, inerte y poco a poco indiferente del paisaje que la rodea.



No he sabido acoplarme a esto que llaman realidad. Porque quién sabe, podría haber primavera, pájaros y yo tengo copitos de nieve en el menú cada día. Quién sabe...

¿Para qué pensar en lo que pudo ser pero que sólo quedó en quimera? ¿Cómo pensar en lo que es si sólo es desierto en esencia?
Esencia de un desierto blanco, frío, triste, solo, pero al final de cuentas, húmedo. Humedad que le sirve para recapitular, recalcular, renacer y florecer a través de la experiencia.
Tal vez me apago y me duermo, pero no sólo despierto tormentas, también me abrazo a tu hogar si sabes encender mi fuego.
En medio de tanto invierno, aún soy capaz de cubrir tu fuego, de pintar de hielo tus labios secos. Soy capaz de vestir de blanco el paisaje entero, de abrazar tu cuerpo y cubrir de lleno con calor lo que parece muerto.
Y ahora, a orillas de este piano triste, me siento a esperar algo que no conozco, pero que resuma esperanzas.

Porque después del invierno viene lo nuevo, primavera le dicen, idea efímera. Flores muriendo en un florero.
Flores cubiertas de hielo, muriéndose por dentro, para resucitar de nuevo. Flores cubiertas de hielo, cargadas de calor interno, para volver a ser invierno.

Yo soy invierno de hielo. Invierno con sabor a eterno. Yo duro porque soy duro. Siembro sólo por dentro.
Si soy invierno, ¿qué sos vos?
- “Primavera”, dijo el viento, canto anidando color.
Alma libre que surge del frío y del miedo. Alma nueva que nace del río y del siento, alma cálida que entrega en tu mano el calor.

Entonces cerré los ojos en medio de la noche y me dormí al calor de mis recuerdos más antiguos: una bicicleta, una moneda, unos abrazos. Esas cosas que ayudan.

Por Rubén Ochoa,
Pepe Aguilar Alcántara,
Mariana Aran,
Silvia Carbonell L. y
Dennis Romero.

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